viernes, 13 de marzo de 2009

¿DÓNDE ESTÁ LA RAZÓN?

(Carta No. ZX-2)

Mí querido señor:

No hay más música que tu voz y los poemas que creas, que inundan deliciosamente todo mi ser. Son notas musicales tus palabras que con profesionales arpegios me seducen y, es entonces cuando siento la imperiosa necesidad de danzar al compás de ellos.
Tus poemas sugerentes son la cuerda floja sobre la que ahora camino con extremado cuidado pues sé que un solo tono más alto logrará aventarme en tus brazos y si eso ocurre, mi querido y preferido poeta, ya no sabrá el mundo más de mí. Quedaré fundida en tu cuerpo, en tus emociones y mente. Querré poseer tu forma expresa de decir, respirar tu aire, ser el agua que te refresque, esa que bebes y se entera de lo que quieren tus más recónditas células.

Señor, si me has seducido en la distancia, no quiero pensar qué delirio me tome por su cuenta si por asalto te encuentran mis ojos, mi boca, mis manos, en fin, todo mi cuerpo. Todos los parajes de mi anatomía están muriendo de hambre y el bocado y la copa no llegan hasta mí para saciarme. Mis sueños se han convertido en una pesadilla y, aún así, no quiero despertar, pues aunque mis pies engullen leguas en un desierto que te convierte en espejismo, me contento con ello y a veces en esa locura onírica puedo tener algunos contactos que mis poros devoran.

¿Puedes imaginar qué ansiedades caminan por el laberinto de una pasión que se desboca?

A veces quiero zanjar mi piel para saber en qué parte se ha metido este demonio sensual; quiero saber qué me podría restablecer de este erotismo que convierte en espasmos lujuriosos por el placer de leer tus creaciones. Esa disección es necesaria pues por más que quiero guardar compostura cada vez mi cordura va más disipada y navega con frenesí en esa adorable demencia.

Necesito convalecer o, de una vez me llegue la muerte!
No me queda mucho tiempo, siento que me fallan las fuerzas si no logro encontrarte mi querido intangible.

Mi cordura ha huido y ahora dicen que la han visto vagando a orillas de infinito mar y que no quiere regresar al cautiverio de un Yo poseso.

¡Ven, tráela contigo!

Besos,

Tuya por siempre.

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Ana Lucía Montoya R.

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